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Ficción · N° 02

El Arquitecto

Ὁ ἀρχιτέκτων · Ὁ μηχανικός

En las campañas de Alejandro había, además de hoplitas y falangistas, hombres a los que las fuentes llaman μηχανικοί o ἀρχιτέκτονες. Diseñaban torres, puentes y máquinas de asedio. Alejandro los usaba; el mundo antiguo los recuerda apenas. Este relato imagina la vida — y la muerte — de uno de ellos.

En la historia de los hombres abundan las narraciones pequeñas, insignificantes. Aquellas que pareciesen no tener un destino o ruta clara, nimias en potencia. Incapaces de generar en quienes las escuchan, algo distinto a la compasión o la caridad. Son anatemas del sentido común; más aún de la lógica; pero que dejan tras de sí la idea de que nuestras existencias son completamente absurdas y entregadas a la anarquía del azar.

Me refiero a una de estas historias. Un heleno; posiblemente griego, aunque nada es seguro; militaba en las huestes de Alejandro. Acompañó el vagabundeo del macedonio por Asia Menor, Levante y Persia con todo el éxito y la gloria que, hasta hoy, pueblan los mitos del conquistador. Se enroló, al parecer con gusto, en las levas llevadas a cabo en el Norte de Grecia. Nunca habiendo sido soldado, empuñado una espada o formado en falange, decidió la suerte y sus ganas poder entrar a los anales de la gloria militar en una de las pocas campañas exitosas de Occidente en Oriente.

Nada es seguro; siquiera su nombre; de su historia anterior. Sin embargo, de las traducciones modernas sobreviven dos apodos con los cuales se le conoció en campaña. Las fuentes se refieren a él como «Ὁ ἀρχιτέκτων» (El Arquitecto), aunque la más citada entre los conocedores es «Ὁ μηχανικός» que significaría El Mecánico, o tomando el toro por las astas, El Ingeniero.

Dichos nombres hacen referencia clara a su posición en el esquema militar macedonio. Alejado de la sangre y polvo del combate, en el cual incluso Alejandro tomaba parte, el papel del Mecánico se reducía a la ubicación de elementos preparativos antes del inicio de las hostilidades. Incluía dentro de sus habilidades la invención de maquinaria de asedio, estructuras defensivas y ofensivas, torres de combate, arietes y; aquí su futura perdición; catapultas y onagros.

Poco es claro respecto a su carrera militar, sin embargo, parece que fue comisionado al diseño del puente, las torres y maquinarias con las cuales se logró la conquista de Tiro. Menores sus colaboraciones Persia adentro, para conquistar un imperio tan vasto y decaído, sólo hizo falta el entrar en Babilonia. Alejandro, con veintiséis años, se convirtió en Rey persa. El Arquitecto, bajo orden expresa del macedonio, fue devuelto a su hogar en recompensa por su enorme colaboración.

En este punto la historia se vuelve confusa. El largo viaje a casa se llevó a cabo con lentitud. Lugar por el que pasaba la caravana, requería de uno u otro modo de los servicios del Arquitecto. Solventar edificaciones, levantar murallas o desviar canales fueron demorando la vuelta al Hélade. Una vez en Europa, la mala suerte; aunque esto es relativo y dependerá del lector; hizo presencia.

Fue emboscado por salvajes — los que Roma llamaría Germanos —. La caravana se defendió a cuchilla. La diferencia numérica se hizo patente: todos los viajantes fueron asesinados, salvo él. La muerte era un deseo. Lejano, inalcanzable, una sed que inflamaba todo su ser. Herido y magullado, fue arrastrado al campamento enemigo. Sin entender palabra de lo que hablaban los bárbaros; pues eso significa, balbuceo; su destino parecía estar sellado.

De un modo u otro se ingenió para comprender las tareas que se le asignaron. Aquellos seres conocían de su habilidad y decidieron utilizarlo a su favor. De recientes saqueos en fronteras cada vez más frágiles, recolectaron maquinaria inútil. De su observación, determinaron que aquellas máquinas metálicas recolectaban la ira de los dioses griegos y la concentraban en tiros precisos contra los muros de vastas ciudades. Entre adorar a Wotán o Zeus, se conformaron con el primero y capturaron a alguien que reverenciase al segundo.

Básicamente fue reducido al abandono. Al papel de operario, ya no de inventor. Debía darle vida a maquinaria muerta y mantener intacta la esperanza de escapar a salvo de aquel lugar. Los alemanes hicieron lo posible por apurar el proceso, sin embargo, las amenazas no surtían efecto. Era el único capaz de movilizar tanto metal y madera con un objetivo claro.

Debió ser muy triste estar envuelto en dicha situación. Ser utilizado por rubios dementes con objetivos perversos. La sola idea de entregar una máquina útil y dañina en contra de Grecia, lo despedazaba hasta sus partículas más elementales. Entre demorar el proceso y negarse a producirlo, no había diferencia alguna. Ambas situaciones derivaban en el mismo camino. Se entregó al azar, al mismo que decidió su éxodo y captura.

Una vez terminado el onagro, sonrió. El jefe tribal, un sajón blondo, alto y fornido, también lo hizo. Luego, desenvainó la espada. Acto seguido decapitó, casi con desidia, al Arquitecto. Se dice que el primer proyectil en caer sobre Tesalónica fue su cabeza.

Diego Tomás Ramírez Vega

POLYMÊTIS · Ficciones · 2026