En la historia de los hombres abundan las narraciones pequeñas, insignificantes. Aquellas que pareciesen no tener un destino o ruta clara, nimias en potencia. Incapaces de generar en quienes las escuchan, algo distinto a la compasión o la caridad. Son anatemas del sentido común; más aún de la lógica; pero que dejan tras de sí la idea de que nuestras existencias son completamente absurdas y entregadas a la anarquía del azar.
Me refiero a una de estas historias. Un heleno; posiblemente griego, aunque nada es seguro; militaba en las huestes de Alejandro. Acompañó el vagabundeo del macedonio por Asia Menor, Levante y Persia con todo el éxito y la gloria que, hasta hoy, pueblan los mitos del conquistador. Se enroló, al parecer con gusto, en las levas llevadas a cabo en el Norte de Grecia. Nunca habiendo sido soldado, empuñado una espada o formado en falange, decidió la suerte y sus ganas poder entrar a los anales de la gloria militar en una de las pocas campañas exitosas de Occidente en Oriente.
Nada es seguro; siquiera su nombre; de su historia anterior. Sin embargo, de las traducciones modernas sobreviven dos apodos con los cuales se le conoció en campaña. Las fuentes se refieren a él como «Ὁ ἀρχιτέκτων» (El Arquitecto), aunque la más citada entre los conocedores es «Ὁ μηχανικός» que significaría El Mecánico, o tomando el toro por las astas, El Ingeniero.
Dichos nombres hacen referencia clara a su posición en el esquema militar macedonio. Alejado de la sangre y polvo del combate, en el cual incluso Alejandro tomaba parte, el papel del Mecánico se reducía a la ubicación de elementos preparativos antes del inicio de las hostilidades. Incluía dentro de sus habilidades la invención de maquinaria de asedio, estructuras defensivas y ofensivas, torres de combate, arietes y; aquí su futura perdición; catapultas y onagros.
Poco es claro respecto a su carrera militar, sin embargo, parece que fue comisionado al diseño del puente, las torres y maquinarias con las cuales se logró la conquista de Tiro. Menores sus colaboraciones Persia adentro, para conquistar un imperio tan vasto y decaído, sólo hizo falta el entrar en Babilonia. Alejandro, con veintiséis años, se convirtió en Rey persa. El Arquitecto, bajo orden expresa del macedonio, fue devuelto a su hogar en recompensa por su enorme colaboración.
En este punto la historia se vuelve confusa. El largo viaje a casa se llevó a cabo con lentitud. Lugar por el que pasaba la caravana, requería de uno u otro modo de los servicios del Arquitecto. Solventar edificaciones, levantar murallas o desviar canales fueron demorando la vuelta al Hélade. Una vez en Europa, la mala suerte; aunque esto es relativo y dependerá del lector; hizo presencia.
Fue emboscado por salvajes — los que Roma llamaría Germanos —. La caravana se defendió a cuchilla. La diferencia numérica se hizo patente: todos los viajantes fueron asesinados, salvo él. La muerte era un deseo. Lejano, inalcanzable, una sed que inflamaba todo su ser. Herido y magullado, fue arrastrado al campamento enemigo. Sin entender palabra de lo que hablaban los bárbaros; pues eso significa, balbuceo; su destino parecía estar sellado.
De un modo u otro se ingenió para comprender las tareas que se le asignaron. Aquellos seres conocían de su habilidad y decidieron utilizarlo a su favor. De recientes saqueos en fronteras cada vez más frágiles, recolectaron maquinaria inútil. De su observación, determinaron que aquellas máquinas metálicas recolectaban la ira de los dioses griegos y la concentraban en tiros precisos contra los muros de vastas ciudades. Entre adorar a Wotán o Zeus, se conformaron con el primero y capturaron a alguien que reverenciase al segundo.
Básicamente fue reducido al abandono. Al papel de operario, ya no de inventor. Debía darle vida a maquinaria muerta y mantener intacta la esperanza de escapar a salvo de aquel lugar. Los alemanes hicieron lo posible por apurar el proceso, sin embargo, las amenazas no surtían efecto. Era el único capaz de movilizar tanto metal y madera con un objetivo claro.
Debió ser muy triste estar envuelto en dicha situación. Ser utilizado por rubios dementes con objetivos perversos. La sola idea de entregar una máquina útil y dañina en contra de Grecia, lo despedazaba hasta sus partículas más elementales. Entre demorar el proceso y negarse a producirlo, no había diferencia alguna. Ambas situaciones derivaban en el mismo camino. Se entregó al azar, al mismo que decidió su éxodo y captura.
Una vez terminado el onagro, sonrió. El jefe tribal, un sajón blondo, alto y fornido, también lo hizo. Luego, desenvainó la espada. Acto seguido decapitó, casi con desidia, al Arquitecto. Se dice que el primer proyectil en caer sobre Tesalónica fue su cabeza.